Fortalecer la salud mental de los adolescentes y jóvenes requiere una acción conjunta que trascienda el ámbito clínico. Las intervenciones más efectivas son aquellas que combinan el trabajo terapéutico individual con estrategias preventivas en entornos escolares, familiares y comunitarios.
De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS, 2022), los programas de promoción de la salud mental en escuelas reducen en un 25 % los síntomas depresivos y ansiosos en adolescentes y aumentan la percepción de apoyo social y bienestar emocional.
Desde la práctica clínica, estas estrategias deben complementarse con la psicoeducación a familias y docentes, la detección temprana de señales de alerta y la creación de entornos seguros donde los jóvenes puedan expresar su malestar sin miedo al juicio.
Los programas de intervención deben centrarse en “fortalecer habilidades para la vida y en generar entornos que favorezcan el bienestar psicológico de manera sostenida” como señala Cudris.
Promover la salud mental juvenil, por tanto, implica un compromiso compartido: el de los profesionales que evalúan y acompañan, el de las instituciones que crean políticas públicas efectivas y el de una sociedad que entiende que invertir en salud mental es invertir en desarrollo humano y en futuro.