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El duelo es una respuesta humana ante una pérdida significativa y puede manifestarse de distintas maneras según las características de la persona, el vínculo y las circunstancias de la muerte. Aunque suele generar un sufrimiento intenso, no constituye por sí mismo un trastorno mental ni sigue necesariamente una secuencia predecible.
En este artículo se revisan los principales tipos de duelo, los modelos utilizados para comprender su evolución, los criterios asociados al trastorno de duelo prolongado y las señales clínicas que pueden orientar una intervención psicológica.
La comprensión del duelo ha evolucionado desde modelos centrados en etapas hacia perspectivas que reconocen trayectorias diversas, factores contextuales y criterios clínicos para distinguir entre un proceso esperable y uno que puede requerir intervención.
Para abordar los tipos de duelo y el debate actual en torno a su clasificación, conversamos con el Dr. Felipe García, PhD en Psicología y Director General del Centro de Estudios Sistémicos (CESIST) de Chile, especialista en psicoterapia breve y acompañamiento del duelo.
El duelo es una respuesta psicológica natural ante la pérdida de una persona significativa. Aunque puede generar un intenso sufrimiento emocional, por sí mismo no constituye un trastorno mental y su evolución puede variar según las características de la persona, el vínculo y las circunstancias de la pérdida.
Sobrellevar la muerte de un ser querido es una de las experiencias más dolorosas del ciclo vital, en gran medida por su carácter irrevocable. Aun así, la evidencia científica muestra que la mayoría de las personas atraviesa este proceso sin desarrollar un trastorno mental y logra adaptarse progresivamente a la pérdida sin requerir intervención especializada (Lundorff et al., 2017; Prigerson et al., 2021).
El duelo agudo es el que se experimenta en el período inicial posterior a la pérdida. Con el paso del tiempo, la mayoría de las personas transita hacia lo que se conoce como duelo integrado. Ninguna de las dos fases constituye patología. Como explica el Dr. Felipe García:
“Es importante no patologizar, que la persona entienda que puede sentir dolor y que tiene el derecho de expresar su dolor, que eso no implica que esté pasando por algún trastorno.”
El especialista advierte que, en muchos países de Latinoamérica, existe una tendencia cultural a esperar que el malestar emocional producto de una pérdida se resuelva con rapidez, lo que puede generar una presión adicional sobre quien está en duelo.
El modelo de las cinco etapas del duelo, propuesto por Elisabeth Kübler-Ross, es uno de los marcos más conocidos para comprender las reacciones frente a la pérdida. Sin embargo, actualmente su aplicación clínica ha sido cuestionada, ya que no todas las personas experimentan el duelo siguiendo una secuencia fija de etapas.
“Entrega pocas herramientas para la clínica. No todo el mundo reacciona de la misma manera, entonces el poner como una especie de mapa de cómo debe vivirse el duelo puede contribuir a la psicopatologización.” — Dr. Felipe García
Frente a estas limitaciones, han surgido otros modelos, como el de las tareas del duelo, que otorgan un rol más activo tanto a la persona doliente como al terapeuta que la acompaña.
Es importante distinguir estos conceptos clínicos descriptivos, ampliamente usados en la práctica psicoterapéutica, de categorías diagnósticas formales reconocidas por el DSM-5-TR o la CIE-11. Ninguno de los siguientes tipos implica, por sí solo, un trastorno.
Ocurre cuando una persona comienza a prepararse emocionalmente ante una pérdida que se anticipa como altamente probable, como sucede cuando un familiar recibe un diagnóstico terminal.
En este contexto, el Dr. Felipe García explica que una de las principales ventajas de este tipo de duelo es que permite prepararse para la muerte y acompañar a la familia durante ese proceso, siempre que exista la posibilidad de conversar abiertamente sobre la pérdida que se aproxima.
Se presenta cuando el entorno social no valida ni permite la expresión del dolor de quien está de duelo. Según explica el Dr. Felipe García, este tipo de duelo es frecuente en contextos donde el sufrimiento se interpreta como un problema de salud mental y existe una presión social para que las personas “superen” la pérdida rápidamente. Como consecuencia, la persistencia del dolor puede llegar a patologizarse.
El duelo ausente o retrasado se caracteriza porque la reacción emocional frente a la pérdida no aparece inmediatamente o permanece inhibida durante un tiempo prolongado.
En algunos casos la persona niega lo ocurrido o evita contactar con el dolor, mientras que en otros las manifestaciones del duelo emergen meses o incluso años después, desencadenadas por nuevas experiencias o acontecimientos significativos.
Se manifiesta cuando una comunidad completa experimenta una pérdida compartida, por catástrofes, hechos de violencia colectiva o crisis sanitarias, y el proceso de elaboración involucra dinámicas grupales, rituales comunitarios y formas de apoyo mutuo que trascienden la experiencia individual.
El trastorno de duelo prolongado es una categoría diagnóstica incorporada al DSM-5-TR para describir procesos de duelo persistentes que generan un deterioro significativo en el funcionamiento de la persona. Sin embargo, su incorporación continúa siendo objeto de debate dentro de la comunidad clínica y científica.
El trastorno de duelo prolongado fue incorporado al DSM-5-TR tras años de debate sobre si el duelo complicado debía reconocerse como una categoría diagnóstica independiente (Prigerson et al., 2021).
El DSM-5-TR plantea que, si el malestar e interferencia funcional asociados a una pérdida se prolongan más de seis meses, esto podría ser indicador de un trastorno de duelo prolongado. El Dr. García forma parte de un sector de profesionales que se opone a esta patologización:
“Cada persona vive su duelo a su manera y algunos requieren más tiempo para procesarlo, para poder recuperar áreas importantes de su vida”, menciona García.
Para él, el indicador clínicamente relevante no es el tiempo transcurrido, sino el movimiento: observar cómo las dificultades iniciales para retomar la vida cotidiana se van resolviendo, con mayor o menor velocidad, a medida que avanza el proceso. Lo que sí constituye una señal de alerta, según explica, es el estancamiento, que muchas veces se origina en el intento de silenciar el propio dolor.
Según el metaanálisis de Lundorff et al. (2017), el trastorno de duelo prolongado presenta una prevalencia aproximada del 9,8 % entre personas adultas que experimentan una pérdida por causas naturales.
Esta cifra confirma que, incluso bajo los criterios más estrictos, la mayoría de las personas en duelo no desarrolla un cuadro clínico que requiera intervención especializada.
La prevalencia varía de forma considerable según el tipo de pérdida enfrentada:
Mientras que aproximadamente una de cada diez personas desarrolla un trastorno de duelo prolongado tras una muerte natural (Lundorff et al., 2017), la prevalencia aumenta hasta cerca del 49 % cuando la pérdida ocurre por causas no naturales, como accidentes, homicidios o suicidios (Djelantik et al., 2020).
“El duelo es una respuesta natural ante una pérdida, mientras que un episodio depresivo constituye una respuesta patológica”, destaca García.
Señala además que el duelo puede dar inicio a otros cuadros, como trastorno depresivo o trastornos de ansiedad, y que en las pérdidas súbitas o violentas puede superponerse un estrés postraumático provocado por lo inesperado e intenso del evento. En sus palabras, se trata de comparar “algo natural con algo que no es natural”, y esa diferencia debe orientar la evaluación clínica.
Komischke-Konnerup et al. (2021) encontraron que, entre las personas con síntomas de duelo prolongado, la coexistencia con síntomas depresivos alcanza el 63 %, con síntomas de ansiedad el 54 % y con síntomas de estrés postraumático el 49 %. Esta alta tasa de coexistencia refuerza la importancia de un diagnóstico diferencial cuidadoso, en lugar de asumir que todo malestar prolongado corresponde únicamente a un proceso de duelo.
Fuente: Komischke-Konnerup, K. B., Zachariae, R., Johannsen, M., Nielsen, L. D., & O’Connor, M. (2021). Co-occurrence of prolonged grief symptoms and symptoms of depression, anxiety, and posttraumatic stress in bereaved adults: A systematic review and meta-analysis.
Estos hallazgos muestran que los síntomas de duelo prolongado suelen coexistir con otras manifestaciones clínicas, por lo que la evaluación psicológica debe considerar un diagnóstico diferencial cuidadoso antes de atribuir todo el malestar al proceso de duelo.
La literatura especializada ha desarrollado instrumentos de autorreporte para apoyar la evaluación del duelo, aunque su uso no es unánime entre los clínicos.
El PG-13-R es una escala revisada y actualizada conforme a los criterios del DSM-5-TR, que ha mostrado buenas propiedades psicométricas para clasificar a personas en duelo con respuestas desadaptativas. Junto con el Inventario de Duelo Complicado, forma parte del conjunto de medidas de autorreporte más utilizadas en investigación y práctica clínica para dimensionar la intensidad y las características del proceso.
No todos los profesionales incorporan estos instrumentos en su práctica. El Dr. García es explícito al respecto:
“No utilizo instrumentos para evaluar el duelo. Lo que utilizo es un modelo, que es el de las tareas del duelo, donde uno evalúa cómo la persona va cumpliendo estas tareas y si se encuentra estancada en alguna de ellas.”
Este enfoque prioriza el análisis cualitativo del proceso por sobre la puntuación en escalas estandarizadas, y permite orientar la intervención hacia el punto específico donde el duelo se ha detenido.
Identificar el momento adecuado para sugerir una intervención especializada es uno de los desafíos más frecuentes en el acompañamiento del duelo, especialmente porque no existe un umbral temporal único que aplique a todas las personas.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 en Clinical Psychology Review examinó estudios realizados en distintas poblaciones de personas en duelo, incluyendo cuidadores, sobrevivientes de desastres y mujeres que enfrentaron pérdidas gestacionales (Buur et al., 2024). Entre los factores de riesgo más consistentes se encontraron:
Fuente: Adaptado de Lundorff et al. (2017) y Buur et al. (2024).
Más allá del tiempo transcurrido, el Dr. García identifica algunos indicadores que pueden orientar la necesidad de una intervención psicológica:
Frente a un proceso estancado, el espacio terapéutico puede cumplir una función clave: abrir una conversación que en el entorno cercano de la persona no encuentra lugar, y con ello facilitar la elaboración de la pérdida.
Enfoques como la terapia breve, orientados a estrategias focalizadas y a la integración de consideraciones éticas y contextuales en el acompañamiento, se han propuesto como una vía aplicable para este tipo de procesos en consulta.
El duelo es una respuesta humana esperable ante una pérdida significativa y puede adoptar trayectorias diversas según las características de la persona, el vínculo y las circunstancias de la muerte. Su evaluación clínica debe distinguir entre el sufrimiento propio del proceso y aquellas manifestaciones asociadas a deterioro funcional, estancamiento o coexistencia con otros trastornos.
Aunque el DSM-5-TR reconoce el trastorno de duelo prolongado, la valoración no debe reducirse al tiempo transcurrido. Un abordaje integral requiere considerar la intensidad de los síntomas, su impacto cotidiano, el contexto de la pérdida y los recursos disponibles para afrontarla.
No existe un plazo único para el duelo. El DSM-5-TR establece un mínimo de 12 meses en adultos y 6 meses en niños y adolescentes para diagnosticar un trastorno de duelo prolongado, siempre que exista deterioro funcional y se cumplan los criterios clínicos (American Psychiatric Association, 2022).
Sí, la muerte de una mascota puede generar un duelo intenso, especialmente cuando existía un vínculo significativo. Además, puede convertirse en un duelo desautorizado si el entorno minimiza o no reconoce la pérdida. La presencia de un trastorno de duelo prolongado debe evaluarse según criterios clínicos específicos.
No necesariamente. La intervención especializada suele estar más indicada cuando aparecen señales de estancamiento, manifestaciones severas como insomnio prolongado o ideación suicida, o cuando la persona no cuenta con espacios donde procesar el dolor. Una pérdida reciente no es, por sí sola, indicación de psicoterapia.
Sí. Ciertos aniversarios, fechas significativas, nuevas pérdidas o etapas vitales importantes pueden reactivar emociones asociadas a un duelo que parecía resuelto. Esto no indica necesariamente una complicación; puede ser parte del proceso normal de integración de la pérdida a lo largo del tiempo.
Ofrecen un espacio simbólico para reconocer la pérdida y facilitar su procesamiento. Son especialmente relevantes cuando no fue posible una despedida formal, como ocurre en muertes repentinas o en contextos donde los rituales habituales no pudieron realizarse. Su ausencia puede dificultar la elaboración de la pérdida.
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Leer másConfirmo que he leído la información sobre este programa, disponible en el brochure y en el sitio web. Declaro cumplir con los requisitos para cursar este diplomado y me comprometo a enviar mi certificado de título, así como a firmar la carta de compromiso solicitada

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