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Día Internacional de la Mujer: por qué la psicología no puede ser neutral

El Día Internacional de la Mujer representa una fecha clave para analizar el rol de la salud mental en el contexto social actual. En este marco, la psicóloga y embajadora de Adipa, Yelissa Chabra, reflexionó sobre por qué la psicología no puede ser neutral ante las estructuras que impactan el bienestar de las mujeres, proponiendo un tránsito necesario desde la clínica individual hacia una psicología situada y con conciencia histórica.

Contenido

  1. De la psicología individual a la psicología situada
Día Internacional de la Mujer: por qué la psicología no puede ser neutral

columna yelissa chabraa

Cada 8 de marzo no solo conmemoramos una fecha histórica. Recordamos que los derechos de las mujeres no fueron aprobados sino conquistados. En 2026, esta conmemoración adquiere un tono urgente: asistimos a un escenario de retrocesos discursivos e institucionales que vuelven a poner en cuestión la autonomía, la seguridad y la dignidad de las mujeres. Y frente a ese escenario, la psicología no puede declararse neutral.

Martín Baró (1986) sostiene que la psicología latinoamericana debe abandonar su pretendida neutralidad y asumir una posición ética frente a las estructuras de poder que producen sufrimiento. Su propuesta de una psicología de la liberación nos recuerda que la salud mental está atravesada por la estructura social. En el caso de las mujeres, esa estructura tiene nombre: patriarcado, desigualdad económica y violencia de género.

La psicología no es neutral porque el sufrimiento no es neutral. Cuando una mujer consulta por ansiedad derivada de la precarización laboral, del miedo a perder derechos conquistados o de la exposición constante a discursos que deslegitiman su autonomía, no estamos ante un fenómeno aislado del contexto. Burin (1987) menciona que la salud mental de las mujeres no puede separarse de las condiciones sociales que regulan su rol y su autonomía.

Conmemorar el 8 de marzo en este contexto implica que nos preguntemos: ¿qué hace la psicología cuando los derechos retroceden? Si respondemos únicamente con técnicas de regulación emocional, sin nombrar las condiciones que producen el daño, corremos el riesgo de individualizar lo que es estructural. Del mismo modo, Marcela Lagarde (1990) describió los “cautiverios” que estructuran la vida de muchas mujeres, evidenciando cómo el control político y simbólico sobre sus cuerpos impacta directamente en su bienestar psíquico.

Pasar de una psicología individualizante a una psicología situada. En el enfoque tradicional, el síntoma es leído como desajuste interno y el objetivo es la adaptación del individuo al medio. En un enfoque situado, el síntoma puede entenderse como una respuesta legítima ante un entorno violento y opresivo. Politizar el malestar no significa negar la responsabilidad subjetiva, sino distinguir qué parte del sufrimiento pertenece a la historia personal y cuál es el efecto de estructuras sociales desiguales. “Lo personal es político” no es una consigna vacía, en 2026 se vuelve un principio clínico.

En Chile, por ejemplo, la reflexión no es nueva. Isabel Piper (2002) y Elizabeth Lira (1997) han insistido en que el trabajo psicológico en contextos de vulneración de derechos humanos exige compromiso ético explícito. La memoria, la reparación y la dignidad no son asuntos “externos” a la clínica. Son parte de ella. Y cuando hablamos de violencia contra las mujeres sea doméstica, institucional o simbólica, hablamos de derechos humanos.

De la psicología individual a la psicología situada

Para responder a este 2026, la disciplina debe transitar hacia un enfoque interseccional y situado, como profesionales estamos obligados a:

  • Politizar el malestar: Ayudar a la consultante a entender qué parte de su sufrimiento es suyo y qué parte le pertenece a la estructura social.
  • Incidencia colectiva No basta con la clínica; la psicología debe participar en la creación de redes de apoyo que sustituyan lo que el Estado o la política formal están dejando de proteger.
  • Resistencia a la patologización Evitar etiquetas diagnósticas que ocultan la violencia política o de género. “Un trastorno de adaptación” podría ser, en realidad, una respuesta digna de resistencia.

Porque lo personal sigue siendo político. Y en 2026, acompañar la salud mental de las mujeres sin reconocer estructuras que producen su malestar no es objetividad: es omisión. Este 8 de marzo nos recuerda que la ética profesional no consiste en callar frente al poder, sino ejercer la clínica con conciencia histórica y compromiso con la dignidad.

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